San Patricio Protege Nueva Orleans

Lo primero que me llamó la atención sobre Nueva Orleans fue la humedad. Ese tipo de humedad que te escala desde los tobillos hasta la nuca, que se infiltra entre las capas de tela de tu ropa, que te llevás con vos en tu equipaje.

Lo segundo que me llamó la atención fue el desayuno. Volamos desde Austin a la madrugada, y llegamos junto al amanecer. El lugar elegido para el primer desayuno en la ciudad fue NOLA Cake Cafe & Bakery, ubicado a solo unas cuadras de la casa donde íbamos a alojarnos durante los cuatro días de estadía. Pedimos el menú preferido de los locales: shrimp and grits. Puede que suene inocente: no lo es.

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Imagínense disfrutando a las 8 am un plato de polenta, con huevos y camarones, nadando en salsa cajún. Una delicia, pero se sentía muy extraño en mi paladar argentino.

Sin embargo lo disfruté, saboreando toda su extrañeza. Este comportamiento puede ser replicado para cada uno de mis recuerdos en esta ciudad.

Luego del abundante desayuno, fuimos a conocer nuestra casa. Ubicada en el French Quarter, el barrio bohemio de la ciudad, se alzaba imponente ante nosotros una estructura colorida y un poco antigua.

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Entramos, nos recibió el aroma inconfundible de madera y humedad. Sillones enormes, techos altos, pisos de madera que crujían a nuestro paso. Marta, mi amiga, y yo elegimos el cuarto del fondo. Justin y su esposa se quedaron en la habitación principal. Al final de la casa, la cocina, actuaba como punto de encuentro antes y después de cada aventura.

Después de dejar nuestro equipaje y cargar nuestras cámaras, salimos a caminar por el barrio. Nueva Orleans demostraba, a cada cuadra, ser la ciudad más pintoresca en la que jamás había caminado. Casas coloniales de dos pisos con balcones ornamentados, veredas iluminadas por velas y candelabros, músicos tocando jazz en cada esquina. De a ratos tenía la impresión de haberme sumergido en una realidad paralela, en un guión de cine, en una fantasía de alguien con mucha más imaginación que yo.

Verán por qué: lo mejor de Nueva Orleans es su herencia cultural. Con influencia de inmigrantes franceses, africanos, españoles y latinoamericanos, cada uno de sus rincones esconde una historia que se remonta a tierras lejanas y recuerdos de vidas pasadas.

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La primera parada para descansar fue en Café du Monde. Conocido mundialmente por sus beignets (buñuelos) y su café con achicoria, tenía una fila de 40 personas esperando por su pedido. Cuando al fin lo recibimos, caminamos hasta la plaza central y nos sentamos en el pasto a comerlo. Entre montañas de azúcar impalpable reposaban nuestros beignets, y nos ensuciamos los dedos y la cara tratando de disfrutarlos al aire libre. Aprendimos la lección: estos buñuelos se deberían consumir en espacios sin viento.

Era mediodía y ya habíamos tenido dos desayunos. No es una práctica usual en ninguno de nosotros, por lo que nos sentíamos llenos y aletargados. Por eso decidimos volver a la casa a dormir la siesta.


Nos despertamos a las seis de la tarde. La noche era joven, pero no tanto. En Estados Unidos los planes nocturnos arrancan a las seis, por lo que no es extraño ver gente cenando a las cinco, seis o siete.

El 17 de Marzo, o día de San Patricio, es ocasión de fiesta y celebración en todas las ciudades con herencia irlandesa o con sed de cerveza. Nueva Orleans cumplía las dos condiciones, por lo que los planes de la noche fueron pensados en torno a rendir honor al santo.

La lluvia caía con fuerza, y el Uber llegó a la casa con la puntualidad que los caracteriza. Nos subimos y atravesamos la ciudad en búsqueda del mejor Gumbo de la ciudad según TripAdvisor. El gumbo es un guiso de camarones y especias muy común de la cocina cajún. Es una delicia que no deberías dejar de probar si visitas la ciudad de la luna creciente.

Antes de cenar, brindamos con un Irish Car Bomb para comenzar la fiesta verde. Este trago, compuesto de cerveza negra Guinness más un shot de Baileys y Jameson, se caracteriza por tener que beberse de un solo saque, como una bomba. De lo contrario, el licor se solidifica y no puede disfrutarse de la misma manera.

Ya un poco mareados, pedimos nuestra porción de Gumbo más unas ostras cajún para probar. Todo era delicioso y se disfrutaba más con el jazz sonando de fondo en el ambiente iluminado por la luz de unas velas.

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Pagamos la cuenta y empezamos el recorrido que no terminaría hasta bien entrada la noche: bar tras bar, una pinta y otra para llevar, y a elegir un nuevo destino. En Nueva Orleans se permite a los transeúntes circular por espacios públicos con bebidas abiertas, por lo que podíamos pasear por las calles mientras saciábamos nuestra sed.

Una vez agotadas las opciones, nos tomamos otro Uber que nos llevó a la protagonista de todas las noches en la ciudad: la Calle Bourbon.

Con balcones coloniales que se alzan a ambos lados de la calzada, esto propicia una práctica tan antigua como la misma ciudad. Las mujeres se paran en la calle, y los hombres las alientan desde los balcones para que se levanten la ropa y exhiban sus senos. Una vez que las convencen, se llevan un premio: desde arriba les arrojan collares de colores que ellas van juntando para demostrar cuán atrevidas fueron esa noche. Este desfile de voyeurismo y exposición se prolonga durante varias cuadras, y hacen que Las Vegas ya no parezca meritoria del título de “Ciudad del Pecado”.

Cuando al fin damos por terminada la noche, ya son las 4 de la mañana. Los bares están vacíos y en las calles solo quedan borrachos, vasos aplastados y algunos grupos de mujeres festejando despedidas de solteras. Nosotros caminamos hasta una estación de servicio y compramos una bolsa grande de pollo frito. Una vez en la casa, nos reunimos en la cocina para comerlo y relatar por milésima vez las anécdotas del día.

San Patricio fue una fecha memorable para conocer Nueva Orleans. Pero, a juzgar sólo por las horas que pasé en esta increíble ciudad, cada día debe tener un santo como excusa para festejar.


Publicado originalmente en Crónicas de Embarque.
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