Se incendió nuestro Airbnb

Hay ciertas cosas que uno no desea pero puede esperar cuando alquila un Airbnb.

Que las sábanas no estén limpias.
Que el colchón sea incómodo y no puedas dormir bien.
Que hayan productos abiertos en las alacenas, a veces con hormigas que los visitan.
Que no funcione el WiFi.

Pero pocas veces uno espera que se incendie el edificio donde está el departamento.


Ellos habían llegado la noche anterior. Venían de varios días en la Patagonia, acampando en campo abierto, sufriendo de heladas en las noches y de puentes caídos en el día (historia que dejaremos para otro momento).

Yo aterricé cerca de las 11 de la mañana, y me tomé un taxi en Aeroparque con destino al Airbnb donde ellos me esperaban. Estaba muy ansiosa. Hacía varios meses que no la veía, a Martica mi buena amiga, y además tenía muchas ganas de conocer a Marcin, su mejor amigo.

Cuando llegué al edificio, me sorprendió gratamente el lujo de los pasillos, la sonrisa del guardia que me dio acceso, la luz que entraba por doquier, iluminando el monoambiente que habíamos escogido para nuestros cuatro días en Buenos Aires.

Marcin estaba en una llamada de trabajo, y hablaba mientras caminaba de un lado a otro de la habitación. Mientras tanto, Marta y yo nos poníamos al día, susurrando en la cama con los pies para arriba.

Para darle privacidad a Marcin, decidimos ir a la piscina del edificio para ver si era tan bonita como la describía el aviso.


Y sí que lo era. Más de 20 metros de un celeste intenso, con jacuzzi, y un deck con reposeras de colores. El sol del mediodía anticipaba un día caluroso, y decidimos pasarnos la tarde entera retozando en el frescor de la pileta, evitando el caos de Buenos Aires.

Pero antes había que almorzar.


Buscamos a Marcin y les conté del destino. Las Cabras, un clásico de mis viajes a la Gran Ciudad, es un restaurant rústico que tiene todo tipo de opciones en su menú. Marta es intolerante a la lactosa. Marcin es vegetariano. Y yo dejé los carbohidratos hace ya un par de semanas. Mi tarea era encontrar un lugar que nos haga felices a los tres por igual.

Terminamos de almorzar mientras una banda tocaba canciones de Los Rodriguez en la vereda. Pedimos un Uber, un poco apurados porque Marcin tenía una reunión y ya se estaba haciendo tarde.

Cuando Sandra, la chofer del Uber llegó a la esquina de Scalabrini Ortiz y Santa Fe, nos pidió que caminemos los últimos 50 metros porque la calle parecía estar cortada. Nos bajamos del Peugeot 206 negro y caminamos hasta nuestro edificio, esquivando a los transeúntes que ya no transitaban, sino que miraban hacia lo alto, paralizados.


Lo que miraban, descubrimos después, era nuestro edificio rodeado de lenguas de humo gris que ascendían hasta el treintavo piso.


La calle estaba cortada por docenas de ambulancias detenidas, con algunas sirenas resonando entre los edificios. Cuatro camiones de bomberos cerraban el panorama. Entre unos y otros, cientos de policías, periodistas y porteños caminaban y miraban sorprendidos, completando un paisaje que nunca antes había visto.

No lo podíamos creer. Caminábamos, cambiando de perspectiva y mirábamos de nuevo. Sí, era nuestro edificio. Y en los balcones aún habían vecinos que agitaban los brazos desesperados, como si alguien no los hubiera visto.

Le preguntamos a un policía qué estaba pasando. “Un desperfecto eléctrico en el primer piso” – dijo, – “en un par de horas van a poder entrar.

Eso nos tranquilizó, y aunque veíamos bomberos auxiliando a mujeres y niños en los pisos más altos, pensamos que era sólo para darles tranquilidad. Caminamos hacia una plaza, y nos quedamos allí sentados por un largo rato. No teníamos idea que esto estaba sucediendo en ese exacto momento.

Ignorando por completo la gravedad del asunto, nos fuimos a un café y pedimos una picada, y luego fuimos a otro café y pedimos un pedazo de torta para compartir. Estábamos haciendo tiempo mientras nuestra host del Airbnb nos tranquilizaba por mensaje de texto: “No es para tanto, no hay heridos. Los encuentro en la puerta a las 9 pm para que podamos subir juntos y ver que todo esté OK.”


No estaba “todo OK”. Cuando al fin nos dejaron acercarnos al edificio tuvimos la oportunidad de ver las dimensiones del daño ocasionado. El fuego eléctrico, cuyo humo es peligrosamente tóxico, había derretido los sillones del lobby y había reventado los vidrios de la entrada principal. Un río de agua y cenizas cubría los primeros dos pisos y la escalera, que subimos acompañados de un bombero. “Este edificio no va a poder habitarse en un mes, vayan buscando donde dormir esta noche” – nos alertó un policía, algo obvio después de ver el nivel de destrucción que había sufrido nuestro hogar temporario.

Subimos hasta el sexto piso, tosiendo y esquivando las esquirlas de vidrio que se escondían en la oscuridad total. Yo subía iluminando mis pasos con mi teléfono en una mano mientras sostenía un ramo de jazmines con la otra (que habíamos comprado haciendo tiempo para subir).


Abrimos la puerta del departamento, oscuro y marchito, y nos invadió el olor a neumático quemado. El dentífrico, el cargador de la computadora, los auriculares que reposaban sobre la mesa. Todo estaba barnizado por una finísima capa de cenizas pegajosas. Mientras los bomberos nos apuraban, Cristina, la host de Airbnb lloraba desconsolada. Ella vivía en el octavo piso con su hija y no tenía a dónde ir por un mes, nos explicaba, y tenía reservas ya pagas hasta el 2017.

La consolamos y abrazamos como si fuera nuestra tía lejana. Le prometimos que todo saldría bien, que nosotros estábamos bien y su hija también. Le repetimos varias veces que había sido una desgracia con suerte, ya que nadie había salido herido de gravedad.

Finalmente, bajamos. Con nuestras valijas oscurecidas, luego de varios intentos conseguimos dos taxis y partimos al departamento nuevo que Cristina nos consiguió para el resto de nuestra estadía.

A solo una cuadra de la Avenida Las Heras, con dos habitaciones, un baño y un balcón, sin piscina. Y sin desperfectos eléctricos.


Para leer sobre otros infortunios durante un alquiler de Airbnb, recomiendo este artículo de Hernán Casciari. Sigan atentos a Kilo India Delta por muchos más viajes y relatos en primera persona de los destinos que recorremos (y las aventuras que encontramos en el camino).

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